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viernes, 30 de abril de 2010

ARGUMENTO O GUION DE VIDA

ARGUMENTO DE VIDA
El Análisis Transaccional nos ofrece un buen punto de partida para entender las vicisitudes del ser humano desde su nacimiento hasta su momento actual. Con una gran lucidez, el fundador de esta escuela de psicoterapia, Eric Berne, retoma el concepto de compulsión a la repetición ("la neurosis insiste", dirá Lacan) y explica, con la incorporación del concepto de Argumento de Vida, esta marcada tendencia del ser humano de repetir sus conductas ineficaces hasta el cansancio.
Para entender la cuestión del Argumento, es conveniente tener presente que esta palabra es utilizada en el mundo literario, teatral, cinematográfico, para referirse a una trama con un principio, un medio y un final. Desde que nos sentamos en un teatro hasta que nos retiramos tristes, contentos, indiferentes o frustrados por la obra que vimos, hemos atravesado varias escenas que van desde la presentación de los personajes y los comienzos de un conflicto hasta el nudo central de la trama, a la que podemos definir con palabras tales como cuestión, fondo, texto, asunto, tema, idea, motivo... las que no están exentas de un enredo, malentendido, intriga y que termina, indefectiblemente, en una conclusión.
Pues bien: de la misma manera que en una obra de teatro los actores deben seguir indefectiblemente la trama del autor, nosotros, en nuestras vidas seguimos los lineamientos generales de un plan concebido no en forma consciente por nuestros padres y/o figuras sustitutas ayudados por una cohorte de co-guionistas. Desde que nacemos hasta la edad de 5 años, aproximadamente, estudiamos, sin saberlo, un argumento que nos va a acompañar durante toda nuestra vida marcando el camino que debemos seguir.
Ese argumento debe estar en consonancia, en relación, a los argumentos del resto de la familia. Es decir, venimos a este mundo a ocupar un lugar en la familia, un lugar vacío, vacante, no importando si hemos sido deseados o no. La trama que nos toca representar debe ajustarse, de alguna manera, a la del resto de los actores (miembros de la familia) de lo contrario tendremos serios problemas.
Una vez que ese guión ha sido aprendido por nosotros reforzado por castigos y alabanzas, caricias y malas caras, ejemplos y contraejemplos, vamos a tener una dirección en la vida a la que consideraremos como la única verdad posible. Dentro de los finales posibles de esta obra de teatro que es nuestra vida, podemos tener alguno de estos finales: seremos siempre perdedores, es decir, nunca lograremos lo que nos proponemos, ni siquiera sabemos a ciencia cierta qué es lo que queremos hacer con nuestra vida; o quizás seamos no ganadores, que no es lo mismo que ser un perdedor. El no ganador se caracteriza por alcanzar logros parciales, nunca totales. No llega a recibirse de médico, que era su deseo más profundo, pero es un buen enfermero y quizás gane más y sepa más que un médico, pero siempre será un médico frustrado. Otro final posible es el ganador. ¡Bueno!, dirá usted. ¡Eso es lo que quiero! No. No se deje engañar por la palabra. Ser ganador, para el Análisis Transaccional no es una gran virtud. Pues se trata de aquella persona que alcanza un logro pero no lo disfruta pues el logro alcanzado tiene que ver con el deseo de algún otro. Típico caso es el del profesional que siguió la carrera para continuar con la profesión del padre sin tener ninguna vocación para ello.
¿Entonces, no hay salida? Si. La salida está fuera de ese argumento de vida. Se trata de la persona que cuestiona la normativa de esa trama, conoce y reconoce las ideas erróneas que la componen y construye su propio plan de vida con base en sus propios y auténticos deseos alcanzando logros y disfrutándolos. A este tipo de personas el Análisis Transaccional denomina triunfadores.
Recapitulando: los individuos atrapados en la red temática de su guión o argumento de vida pueden llegar a ser perdedores, no ganadores o ganadores; los que han cuestionado ese guión y han escrito uno propio con base en sus propias experiencias vitales y deseos propios, son los triunfadores.
La pregunta que cabe, en este momento es: ¿Se puede pasar de ser una persona argumentada por un guión escrito por otros a ser una persona autónoma que vive su vida de acuerdo con su propio plan? De no ser así la vida no tendría sentido. Esa labor de pasaje de un estado a otro se denomina cambio terapéutico y puede ser llevado a cabo por la persona que reúne estos requisitos:
La percepción, en sí mismo, de un estado de cansancio, de hastío al darse cuenta de que la vida que vive no es la que desearía vivir y, aparentemente, no cuenta ni con conocimientos ni recursos para cambiarla;
Una profunda autocrítica que lo lleva a preguntarse qué es lo que está haciendo para mantener estables esas condiciones inapropiadas para una vida de bienestar.
Un deseo cada vez más poderoso que lo impulsa a investigar sobre otras opciones de vida: libros de autoayuda, consulta a un consejero (sacerdote, rabino, etc..), asistencia a conferencias, pedido de psicoterapia, etc.. Todo esto demuestra que está, realmente, interesado en provocar cambios en su vida.
Empezado el cambio, esta persona debe entender que aparecerán emociones desagradables como consecuencia del pasaje de un estado indeseado a uno deseado: confusión y desorientación temporaria, cuando debe confrontar las nuevas creencias con las viejas; culpa, por abandonar reprimidos esquemas de familia, lo cual se vive como una traición a su raigambre; angustia, por encaminarse hacia una nueva forma de ver la realidad lo que implica contar con recursos nuevos que, aún, no posee.
Estas tres emociones son desagradables pero positivas, pues son indicativas de un proceso de cambio. Simultáneamente, vive momentos de auténtico bienestar que muchos definen como de paz interior. Es que la energía de la persona está siendo encaminada por los carriles naturales de su ser-en-sí, a diferencia de cuando vivía según las pautas impuestas por ese argumento escrito por otros y que lo llevaba a actuar un papel que nada tenía que ver con su auténtica naturaleza.
Pero el proceso de cambio no se desarrolla de manera lineal. No se pasa de A a B en forma directa. Es importante que la persona en crecimiento recuerde su desactualizado estilo de vida que lo llevaba a la pérdida. Si no lo recuerda va a repetir viejas pautas de conducta que le producirán estados de infelicidad. En estos casos creerá que el cambio no es posible y sufrirá momentos de desánimo que lo llevará a cuestionar todo lo que está haciendo como si nada sirviera. Es que las viejas pautas de conducta, simplemente por una cuestión de antigüedad, se imponen como queriendo sobresalir sobre las nuevas, las cuales se están aprendiendo. En ocasiones ganan la partida y la persona en crecimiento sufre desilusiones. Por esta razón es que afirmamos que el cambio propiamente dicho toma la forma de un serrucho ascendente: se crece, se cae un poco, se vuelve a crecer, se cae otro poco, hasta que el nuevo sistema de creencias con sus respectivas conductas exitosas se fije definitivamente.
Se trata de una lucha entre el Argumento de Vida y el Plan de Vida que la persona ha elegido para sí misma. Lo viejo contra lo nuevo; las ideas erróneas contra las nuevas vivencias. ¿Dónde está la verdad?
Es importante aclarar que el Argumento de Vida es una filosofía conformada alrededor de un sistema de creencias que, en ocasiones, es muy rígido. Esta rigidez se demuestra en la resistencia que impone a todo intento de cuestionamiento: es la Verdad Absoluta desde la cual se percibe y se juzga al mundo. Por ejemplo, un paciente muy inteligente y talentoso, ingeniero civil muy estimado y considerado en la empresa donde trabaja, vive con la idea de que lo que él hace, proyecta, construye, asesora, lo puede hacer cualquiera. No hay ninguna evidencia de que esto sea así, por lo menos en la propia empresa la que lo ha premiado varias veces por sus soluciones creativas. Nada lo puede convencer de sus habilidades. Rastreando esta imagen que construyó de sí mismo en el pasado encontramos la figura de un padre para el cual nada de lo que hicieran sus hijos era bueno. Mi paciente no recuerda un estado de satisfacción de su padre ante los logros que el le presentaba. Su padre murió hace diez años, pero sigue actuando desde el interior de mi paciente o, mejor dicho, mi paciente lo sigue manteniendo vivo. En una sesión le pregunto qué cree que tendría que haber realizado para que su padre lo felicitara orgulloso ¿Ser el primer hombre en la Luna?, ¿Descubrir una vacuna contra el SIDA? ¿Qué? Luego de pensar un rato me dijo "Nada; nada lo hubiera conmovido"
Obviamente, este paciente actúa para sí la misma conducta de su padre. Dicho metafóricamente: le presta su propio cuerpo a su padre para que siga vivo a través de él confirmando, de esta manera, el argumento de vida. Hay algo que quiero que quede claro: mi paciente es el único responsable de lo que le pasa, no el padre. El padre fue lo que fue e hizo lo que hizo, pero mi paciente mantiene vigente sus acciones considerándolas verdades absolutas: "Nada de lo que haga será suficiente"
Otro caso: Lorena tiene 38 años, bonita, inteligente, de buen humor. No tiene pareja lo que es definitivamente injustificado. Hija única ha sido entrenada desde el comienzo de sus días para cuidar al padre sobreviviente. Ambos padres viven en Córdoba y ella se mudó a la Capital. Es secretaria ejecutiva de una empresa americana, se relaciona con mucha gente pero... no consigue pareja. En las sesiones fuimos trabajando el tema de su argumento de vida. Días pasados, sorprendida y entre risas y bronca, me manifestó que le había mentido a una tía, hermana de la madre, a quién le dijo que estaba de novia. La gran sorpresa fue que esta tía le dio un gran consejo. Textualmente le dijo por teléfono: "Ten cuidado. No te cases. No pierdas tu libertad", mandato que cumple al pie de la letra. En la sesión recordó que ese fue el mensaje que siempre recibió. Le dije que iba a escribir su caso y que la gente que leyera este artículo iba a pensar que era un ejemplo ficticio, imaginado para probar la teoría.
Cada terapeuta tiene cientos de casos como los anteriores. Usted mismo puede tomar conciencia si no está cumpliendo con las pautas de un argumento de vida y viviendo una vida que nada tiene que ver con sus auténticos deseos. ¿Cómo se dará cuenta? Por la repetición de conductas indeseadas, el fastidio, el hastío, la intolerancia, el malhumor, la creencia de que nada sirve, la constante vivencia de frustración, el desgano, la desvitalización, la insatisfacción, la queja constante, la búsqueda de culpables, el reproche y, en ciertos casos, la depresión.
Vivir de acuerdo con lo pautado por otros es vivir una vida supuesta, es permanecer y transcurrir. Pero salirse de ese argumento no es tarea fácil. Ya vimos, anteriormente, las condiciones esenciales para empezar a vivir la propia vida, pautada por los propios deseos y principios y no por los deseos y principios de los demás. Ahora bien: ¿qué pasa con esos "demás", con esos otros que esperan ciertas conductas de nosotros y les salimos con otras, inesperadas, construidas sobre la base de nuestros propios deseos? Se desorientan, se sorprenden, nos dicen qué distintos que estamos y si la persona está en proceso psicoterapéutico le informan que, desde que va a ese psicólogo está peor.
Lo anterior se da por cuanto la red familiar y social que rodea a la persona en proceso de crecimiento ve amenazado su statu quo por los cambios producidos por uno de sus integrantes. Si un miembro puede cambiar significa que los demás pueden también y... ¿dónde termina el cambio? En familias rígidas, estereotipadas, simbióticas, el cambio es amenazante: quieren que todo permanezca igual.
Lo anterior lleva a que, en ciertos casos, la persona en crecimiento, se vea saboteada "inconscientemente a propósito" por algún miembro de su red familiar-social con tal de detener el movimiento ascendente y en muchos más casos el sabotaje proviene de uno mismo (autosabotaje)
Hay una fantasía que subyace al cambio y es que, mientras todo permanezca como está, el tiempo no pasa y no se envejece. Que nada se mueva y menos alguien de la familia. Estas personas tienen sobradas evidencia de que el cambio es inevitable, pero lo niegan de mil maneras diferentes. El hijo es siempre pequeño y lo sigue llamando por el diminutivo a pesar de tener 43 años.
¿Por qué se resiste una persona al cambio?
Hay varias razones:
Una la mencionamos recién: para detener el tiempo, otra es la adherencia a un sistema de creencias con el cual uno se ha identificado. Esto significa que se teme perder la identidad, el "yo soy", si los códigos del sistema cambian. Algo parecido a lo que ocurre con una caja fuerte a la que algún gracioso le cambió parte de la combinación sin avisar a su socio. Cuando éste la quiere abrir, no puede y se desespera. Al cambiar los códigos que siempre estuvieron rigiendo la dinámica familiar, los miembros de la familia se desestructuran, se desorientan. Ya no saben cómo dirigirse a la persona en proceso de cambio; los juegos que antes jugaban ya no tienen las mismas reglas y ya no se sabe qué juego se juega o si se está jugando algún juego. Son otras las respuestas, son otras las conductas.

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